La intimidad como manifestación de amor
Por Claire de Mézerville
La intimidad en la pareja es una manifestación muy completa del amor. En las miradas cómplices entre un hombre y una mujer ya se puede apreciar la necesidad de afecto, cargada de erotismo; la búsqueda de una relación exclusiva y comprometida, la cual es la antesala para un lazo -no solo físico-, sino también de amistad erótica, de comprensión mutua y de unión emocional. El sexo es una oportunidad maravillosa para desarrollar intimidad. Es una dimensión en la cual pueden expresarse añoranza, mimos, urgencia, pasión y ternura.
No obstante, aunque la desnudez, el deseo y el placer –así como los tabúes que frecuentemente los acompañan- son parte cotidiana de la vida de muchas parejas, la triste realidad es que no exista, entre ambos, una intimidad profunda. Intimidad es la capacidad de superar el aislamiento –no solo del cuerpo, sino también de las ideas, creencias, emociones y necesidades-, así como establecer un vínculo de confianza y pertenencia con la otra persona. Es una vinculación de la personalidad, en lo emocional y lo espiritual.
La intimidad, entendida así, puede bien existir en relaciones platónicas, como la amistad y la fraternidad, pero cobra una fuerza especial en la relación de pareja, donde la unión de los cuerpos es un ingrediente importantísimo en la comunión (“común unión”) del hombre y la mujer.
Sin embargo, ¡como se ha tergiversado la sexualidad, desde los principios de la historia! Muchos cónyuges, hombres y mujeres, sufren de enfermedades de transmisión sexual e inclusive de SIDA, debido a la infidelidad de sus parejas; muchas mujeres se ven contagiadas del virus del papiloma humano (que antecede al cáncer cervical), por los encuentros sexuales desordenados de sus maridos. Y así, los ejemplos podrían continuarse enumerando.
El hedonismo humano ha complicado la sexualidad, -irónicamente tratando de simplificarla-, separando el cuerpo de las emociones, de lo espiritual y de las convicciones… separando el cuerpo de la amistad. Así, para algunas mujeres, el compañero de cama es difícilmente un amigo, aunque estén unidos por una alianza de oro en sus dedos. Y hablar del ámbito del cuerpo, el deseo, la desnudez, se evade tras el silencio y la rutina. Aunque la intimidad sexual sea o no satisfactoria, se le ha ido separando del amor. La infidelidad es cada vez más tolerada, porque nos hemos ido acostumbrando a la mentira de que “es posible tener un encuentro únicamente físico”. Parece que hacer el amor tiene mucho de hacer y casi nada de amor.
La desvalorización del sexo
La sexualidad que se promueve en una sociedad hedonista, egocéntrica y superficial –haciendo mella en las inseguridades de hombres y mujeres-, es una sexualidad cargada de machismo, de luchas de poder, es una visión muy pornografizada del ser humano, concentrada en las sensaciones de la piel y en el placer individual. Es una sexualidad carente de una noción clara del encuentro entre dos personas integrales: dos personas con cuerpo, con espíritu y con alma, que puedan mirarse a los ojos y expresar su necesidad de dar y recibir afecto.
Lo saludable es que exista una fluidez profunda entre el hombre y la mujer, pero es común encontrar una situación en la que ambos tratan de “probar su fuerza”, con una continua competición entre sí, para decidir quien tiene más dominio sobre la convivencia de pareja. Es común ver la profunda separación entre hombres y mujeres: una “guerra de los sexos” caracterizada por la competencia, la manipulación y el engaño. La sexualidad, así, se contamina con el poder y el deseo de control del uno sobre el otro. Inclusive, existen personas que expresan su modo de resolver conflictos por medio de la cosificación de lo sexual –por ejemplo, las discusiones que se resuelven “bajo las cobijas”-, queriendo decir que la resolución de los problemas se basa únicamente en la retribución por medio del placer físico. ¡Qué idea tan equivocada!
La añoranza de una sexualidad satisfactoria
Es triste que una intimidad sana y enriquecedora se quede en añoranzas en la vida de muchas parejas, rara vez concretándose como una realidad. La satisfacción sexual es un elemento que muchas personas desean y que genera importantes expectativas y fuertes temores. Muchas veces, también significa un forzado silencio y mucha vergüenza. Por ejemplo, muchas parejas pueden enfrentar frustración o desconcierto cuando se percatan de que alcanzar el orgasmo no les resulta fácil, o, en otros casos, cuando la base de la relación ha consistido en el placer genital. Algunas personas se limitan a sí mismas, pensando que no son merecedoras de placer a menos que tengan cuerpos perfectos, o pensando que ambos deben vivir las etapas del encuentro sexual en forma simultánea, telepática y alcanzando la totalidad del orgasmo en todas las ocasiones.
Una vida sexual satisfactoria es importante, no obstante, tampoco debe ser el centro absoluto de la relación. Si el placer sexual es el pilar y centro del matrimonio, es común que la atracción física disminuya significativamente después de un par de años de casados. Así, muchas parejas pierden de vista que el placer sexual es una dimensión del matrimonio importante y que puede durar muchos años, siempre y cuando se construya sobre los fundamentos del compromiso, el amor, el compañerismo y, en algunos casos, inclusive el sentido del humor.
La sexualidad no se limita a la genitalidad: abarca un espectro mucho más amplio de caricias, besos, compañía agradable y palabras de afecto. La intimidad, la honestidad y la confidencia sobreviven las marcas de la piel, los cambios que los años naturalmente traerán sobre el cuerpo y los períodos en los que sea más difícil alcanzar los más altos potenciales de placer físico. Aunque la relación sexual no siempre satisfaga todos los deseos físicos, el encuentro, las caricias y la confianza recíproca, brindan placer emocional y fortalecen la intimidad.
Es importante que la pareja pueda reconocer los objetivos de vivir una sexualidad plena y satisfactoria. Cabe mencionar que el placer, en sí mismo, es un objetivo válido e importante de la vida sexual: fortalece la autoestima, profundiza el vínculo de pareja y refuerza los intercambios positivos entre ambos.
La intimidad en la pareja es una manifestación muy completa del amor. En las miradas cómplices entre un hombre y una mujer ya se puede apreciar la necesidad de afecto, cargada de erotismo; la búsqueda de una relación exclusiva y comprometida, la cual es la antesala para un lazo -no solo físico-, sino también de amistad erótica, de comprensión mutua y de unión emocional. El sexo es una oportunidad maravillosa para desarrollar intimidad. Es una dimensión en la cual pueden expresarse añoranza, mimos, urgencia, pasión y ternura.
No obstante, aunque la desnudez, el deseo y el placer –así como los tabúes que frecuentemente los acompañan- son parte cotidiana de la vida de muchas parejas, la triste realidad es que no exista, entre ambos, una intimidad profunda. Intimidad es la capacidad de superar el aislamiento –no solo del cuerpo, sino también de las ideas, creencias, emociones y necesidades-, así como establecer un vínculo de confianza y pertenencia con la otra persona. Es una vinculación de la personalidad, en lo emocional y lo espiritual.
La intimidad, entendida así, puede bien existir en relaciones platónicas, como la amistad y la fraternidad, pero cobra una fuerza especial en la relación de pareja, donde la unión de los cuerpos es un ingrediente importantísimo en la comunión (“común unión”) del hombre y la mujer.
Sin embargo, ¡como se ha tergiversado la sexualidad, desde los principios de la historia! Muchos cónyuges, hombres y mujeres, sufren de enfermedades de transmisión sexual e inclusive de SIDA, debido a la infidelidad de sus parejas; muchas mujeres se ven contagiadas del virus del papiloma humano (que antecede al cáncer cervical), por los encuentros sexuales desordenados de sus maridos. Y así, los ejemplos podrían continuarse enumerando.
El hedonismo humano ha complicado la sexualidad, -irónicamente tratando de simplificarla-, separando el cuerpo de las emociones, de lo espiritual y de las convicciones… separando el cuerpo de la amistad. Así, para algunas mujeres, el compañero de cama es difícilmente un amigo, aunque estén unidos por una alianza de oro en sus dedos. Y hablar del ámbito del cuerpo, el deseo, la desnudez, se evade tras el silencio y la rutina. Aunque la intimidad sexual sea o no satisfactoria, se le ha ido separando del amor. La infidelidad es cada vez más tolerada, porque nos hemos ido acostumbrando a la mentira de que “es posible tener un encuentro únicamente físico”. Parece que hacer el amor tiene mucho de hacer y casi nada de amor.
La desvalorización del sexo
La sexualidad que se promueve en una sociedad hedonista, egocéntrica y superficial –haciendo mella en las inseguridades de hombres y mujeres-, es una sexualidad cargada de machismo, de luchas de poder, es una visión muy pornografizada del ser humano, concentrada en las sensaciones de la piel y en el placer individual. Es una sexualidad carente de una noción clara del encuentro entre dos personas integrales: dos personas con cuerpo, con espíritu y con alma, que puedan mirarse a los ojos y expresar su necesidad de dar y recibir afecto.
Lo saludable es que exista una fluidez profunda entre el hombre y la mujer, pero es común encontrar una situación en la que ambos tratan de “probar su fuerza”, con una continua competición entre sí, para decidir quien tiene más dominio sobre la convivencia de pareja. Es común ver la profunda separación entre hombres y mujeres: una “guerra de los sexos” caracterizada por la competencia, la manipulación y el engaño. La sexualidad, así, se contamina con el poder y el deseo de control del uno sobre el otro. Inclusive, existen personas que expresan su modo de resolver conflictos por medio de la cosificación de lo sexual –por ejemplo, las discusiones que se resuelven “bajo las cobijas”-, queriendo decir que la resolución de los problemas se basa únicamente en la retribución por medio del placer físico. ¡Qué idea tan equivocada!
La añoranza de una sexualidad satisfactoria
Es triste que una intimidad sana y enriquecedora se quede en añoranzas en la vida de muchas parejas, rara vez concretándose como una realidad. La satisfacción sexual es un elemento que muchas personas desean y que genera importantes expectativas y fuertes temores. Muchas veces, también significa un forzado silencio y mucha vergüenza. Por ejemplo, muchas parejas pueden enfrentar frustración o desconcierto cuando se percatan de que alcanzar el orgasmo no les resulta fácil, o, en otros casos, cuando la base de la relación ha consistido en el placer genital. Algunas personas se limitan a sí mismas, pensando que no son merecedoras de placer a menos que tengan cuerpos perfectos, o pensando que ambos deben vivir las etapas del encuentro sexual en forma simultánea, telepática y alcanzando la totalidad del orgasmo en todas las ocasiones.
Una vida sexual satisfactoria es importante, no obstante, tampoco debe ser el centro absoluto de la relación. Si el placer sexual es el pilar y centro del matrimonio, es común que la atracción física disminuya significativamente después de un par de años de casados. Así, muchas parejas pierden de vista que el placer sexual es una dimensión del matrimonio importante y que puede durar muchos años, siempre y cuando se construya sobre los fundamentos del compromiso, el amor, el compañerismo y, en algunos casos, inclusive el sentido del humor.
La sexualidad no se limita a la genitalidad: abarca un espectro mucho más amplio de caricias, besos, compañía agradable y palabras de afecto. La intimidad, la honestidad y la confidencia sobreviven las marcas de la piel, los cambios que los años naturalmente traerán sobre el cuerpo y los períodos en los que sea más difícil alcanzar los más altos potenciales de placer físico. Aunque la relación sexual no siempre satisfaga todos los deseos físicos, el encuentro, las caricias y la confianza recíproca, brindan placer emocional y fortalecen la intimidad.
Es importante que la pareja pueda reconocer los objetivos de vivir una sexualidad plena y satisfactoria. Cabe mencionar que el placer, en sí mismo, es un objetivo válido e importante de la vida sexual: fortalece la autoestima, profundiza el vínculo de pareja y refuerza los intercambios positivos entre ambos.








