Educación y ecología
Antropóloga
Si quieres un año de prosperidad, planta arroz.
Si quieres 10 años de prosperidad, planta árboles.
Si quieres prosperidad para siempre, educa un pueblo
(Proverbio Chino)
Una niña de unos nueve años, recibió junto a sus compañeros y compañeras de clase, unas lecciones de “educación ambiental”. El propósito de su maestra era crearles conciencia sobre la responsabilidad de todos y todas de cuidar el medio natural que nos rodea. Estas lecciones no estaban incluidas en el plan de estudio formal de la escuela, sin embargo, esta maestra se tomó el tiempo de enseñar a sus alumnos y alumnas, que ningún recurso natural es inagotable y que todos tenemos el encargo y compromiso de cuidar el planeta que habitamos. Al finalizar las lecciones la maestra les puso a firmar un pacto simbólico, en el que cada uno de los chicos y chicas se comprometió a no botar basura en los ríos ni en las vías públicas, y en general, a cuidar el ambiente.
Más de quince años después, y reforzado este sentido de responsabilidad por el ambiente, durante el paso por la universidad, esta niña, ahora joven adulta, posee un alto grado de conciencia sobre la importancia de depositar la basura en su lugar, le preocupa el calentamiento global, tiene por costumbre reciclar como hábito en su vida y enseña a otros, cada vez que tiene oportunidad, a ser responsables con la labor de administrar los recursos naturales disponibles y el hogar que llamamos Planeta Tierra.
El ejemplo anterior, nos permite ver cómo la educación integral tanto en temas de conciencia social, ambiental y de valores puede moldear desde temprana edad la mentalidad de los chicos y chicas de manera significativa y sostenida a lo largo de sus vidas.
Por lo tanto, es relevante que la educación escolar y familiar, además de promover el aprendizaje de las ciencias y las letras, también promueva e inculque en los niños y niñas la importancia de cumplir con la tarea que nos fue asignada por el creador, de administrar, de forma eficiente y sostenible, los recursos naturales y en general, el planeta que sustenta nuestra vida. Sin embargo, frecuentemente en lugar de desempeñarnos como cuidadores del planeta a nuestro cargo y administradores eficientemente de los recursos naturales, hemos ejercido esta tarea más bien como explotadores excesivos e indiferentes.
La educación con perspectiva más integral, entre otras cosas, debería tener como propósito el promover un estilo de vida amigable con la naturaleza, a fin de que lo individuos desarrollen hacia ella valores cristianos como el respeto y el amor. Por ejemplo, si se nos instruye desde pequeños en respetar y el amar nuestro hogar y nuestra familia, también se debería tomar en cuenta como parte de nuestra formación, fomentar estos principios hacia toda la creación divina como merecedora igualmente de aprecio y consideración.
No obstante, una nueva conciencia socio ambiental sólo será posible cuando valoremos que es significativo ofrecer esta formación como parte esencial del desarrollo y convivencia armoniosa del ser humano y su entorno natural. Si no logramos ser concientes de que nuestra propia vida está ligada de forma directa con el medio natural, seguiremos actuando de forma irresponsable para con el planeta, que en última instancia es nuestro único hogar y del que dependen nuestras vidas. En cierta medida, para cambiar nuestra visión, la educación formal y familiar son poderosos agentes de inculcación de nuevas estructuras mentales, culturales y modos de convivencia en general.
Por esta razón, la transmisión de la forma en que percibimos nuestro planeta -como recurso a explotar o un hogar a cuidar- que se enseñe de una generación a otra, es de gran relevancia, ya que orienta las políticas y acciones colectivas hacia la naturaleza como sociedad. Así las cosas, es fundamental hacer una reflexión sobre la importancia que le damos a este tema, los hábitos que tenemos al respecto y nuestro accionar en la cotidianidad, para hacer esfuerzos conscientes que se reflejen en una mejoría en las condiciones ambientales del entorno. Esto dará como resultado una mejor convivencia que garantice el equilibrio natural, tanto a favor de los que habitamos hoy en día el planeta como de las generaciones venideras.
En consecuencia, para cambiar la forma de pensar, y con el propósito de promover una cultura que respete y conserve su medio natural, es necesario mejorar el estilo de enseñanza actual. La forma de educar hoy, usualmente deja de lado aspectos muy importantes como los valores, el desarrollo emocional sano, y la construcción de una conciencia social que promueva el interés y accionar a favor del el bienestar de nuestros semejantes, así como de la naturaleza.
Debido a la influencia de la educación, como medio eficiente para lograr un cambio en las estructuras mentales y culturales, ésta debe de tomar en cuenta nuestro carácter multidimensional y por lo tanto, formar en todas las áreas de la vida, incluyendo, como hemos dicho, el cuidado al medio natural.
Ahora bien, el cambio en la formas de pensar, actuar y sentir de los individuos que componen una sociedad es paulatina, no sucede tan rápido como en ocasiones se desearía; mas no debemos desanimarnos, es poco a poco como se logran los grandes cambios. Modificar una manera de pensar no es tan sencillo como borrar una idea e implantar otra. Sino que se trata de una reflexión e interiorización de la nueva forma de ver el mundo, lo que requiere tiempo y perseverancia de cada uno de nosotros como individuos y como sociedad.
Por eso, es saludable que nos detengamos a evaluar nuestro comportamiento del día a día; retomar las buenas prácticas que hemos dejado de lado, y en cuanto a hábitos, eliminar los negativos y mejorar los benéficos. Esto nos ayudará a colaborar en la búsqueda de un equilibrio que traiga plenitud, siendo incluso ejemplos de un estilo de vida que asume de forma responsable sus acciones.
Debemos tener presente que la colaboración de cada uno de nosotros como ciudadanos es un trabajo clave para mejorar la calidad de vida. Lo difícil de esta labor es ejercerla de forma práctica más allá del discurso, pues desplegar acciones que nos guíen a un desarrollo humano integral es un esfuerzo diario que en ocasiones puede tornarse un poco más complejo de lo esperado. Sin embargo, si poco a poco establecemos nuevas prácticas en la rutina diaria, como resultado de un nuevo estilo de vida, los cambios serán importantes a largo plazo.
Consejos prácticos
Existen acciones sencillas que podemos realizar en procura de un desarrollo humano integral amigable con el medio ambiente que nos sustenta y que colaboran en la formación de nuevos comportamientos. Algunas de estas acciones son:
- - Aprender a seleccionar los materiales que se pueden reciclar como los tipos apropiados de plásticos, latas, diversos metales, papel y cartón.
- - Sembrar árboles y plantas.
- - Ahorrar electricidad y agua.
- - Consumir lo necesario, intentando minimizar al máximo la cantidad de basura tóxica, o no reciclable.
- - Reutilizar los envases que pueden ser usados para otras labores como el almacenamiento.
- - Consumir sobre todo productos envasados en vidrio o aluminio, antes que en plástico.
- - Separar los materiales orgánicos, de los reciclables y los no reciclables.
- Etc.
Prácticas como las anteriores son relevantes en la adquisición de una nueva visión de lo que es el cuidado ambiental en América Latina, estas ayudan a descartar paulatinamente la forma de pensar que visualiza la naturaleza como una utilidad, y promueven más bien una cultura que nos ayude a entender la preservación del planeta como una manera de cuidar nuestra vida.








